¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en viente, ¿qué quedará de todo esto? Quizá sólo los autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos, a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? ¿Por qué dentro de ien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma.martes, 24 de julio de 2007
Julio Ramón Ribeyro, "Prosas apátridas"
¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en viente, ¿qué quedará de todo esto? Quizá sólo los autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos, a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? ¿Por qué dentro de ien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma.
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miércoles, 4 de julio de 2007
Joyce, Portrait of the Artist as a Young Man (Rastreando a Dédalo)

APRIL 26. Mother is putting my new secondhand clothes in order. She prays now, she says, that I may learn in my own life and away from home and friends what the heart is and what it feels. Amen. So be it. Welcome, Oh life! I go to encounter for the millionth time the reality of experience and to forge in the smithy of my soul the uncreated conscience of my race.
APRIL 27. Old father, old artificer, stand me now and ever in good stead.
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martes, 19 de junio de 2007
Paul Auster, "The Book of Illusions"
It was a fierce, breathtaking image, and I kept thinking about it for long after I had closed the book and put it on the shelf. Marie-Antoinette's severed head, unearthed from a pit of human remains. In three short sentences, Chateaubriand travels twenty-six years. He goes from flesh to bone, from piquant life to anonymous death, and in the chasm between them lies the experience of an entire generation, the unspoken years of terror, brutality, and madness. I was stunned by the passage, moved by it in a way that no words had moved me in a year and a half. Then, just three days after my accidental encounter with those sentences, I received Alex's letter asking me to translate the book. Was it a coincidence? Of course it was, but at the time I felt as though I had willed it to happen- as though Alex's letter had somehow completed a thought I was unable to finish myself. In the past, I had never been one to believe mystical claptrap of that sort. But when you live as I was living then, all shut up inside yourself and not bothering to look at anything around you, your perspective begins to change. For the fact was that Alex's letter was dated Monday the ninth, and I had received it on Thursday the twelfth, three days later. Which meant that when he was in New York writing to me about the book, I had been in Vermont holding the book in my hands. I don't want to insist on the importance of the connection, but I couldn't help reading it as a sign. It was as if I had asked for something without knowing it, and then suddenly my wish had been granted.
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lunes, 18 de junio de 2007
Maestro Eckhart, "El fruto de la nada"
Esta palabra, que he pronunciado en latín, la escribe san Lucas in actibus a propósito de San Pablo y suena así: "Saulo se levantó del suelo y, con los ojos abiertos, nada veía." [Hch 9,8].
Me parece que esta palabra tiene cuatro sentidos. Un sentido es éste: cuando se levantó del suelo, con los ojos abiertos, nada veía, y esa nada era Dios; puesto que, cuando ve a Dios, lo llama una nada. El segundo [sentido es]: al levantarse, allí no veía nada sino a Dios. El tercero: en todas las cosas nada veía sino a Dios. El cuarto: al ver a Dios veía todas las cosas como una nada.
Antes [Lucas] ha explicado cómo una luz súbitamente vino del cielo y lo derribó al suelo [Hch 9,3]. Ahora date cuenta de que dice: "una luz vino del cielo." Nuestros mejores maestros dicen que el cielo tiene luz en sí mismo y, sin embargo, no brilla. También el sol tiene luz en sí mismo y, con todo, brilla. Las estrellas también tienen luz, aun cuando afluye a ellas. Nuestros maestros dicen: el fuego, en su pureza simple, natural, en su estado superior, no brilla. Su naturaleza es [allí] tan pura que no hay ojo que lo pueda percibir en modo alguno. Es tan sutil y extraño al ojo que, si estuviera aquí abajo junto al ojo, no podría captarlo con la vista. En un objeto extraño, sin embargo, se le ve bien cuando inflama un pedazo de madera o de carbón.
Por la luz del cielo entendemos la luz que es Dios y que ningún sentido humano puede percibir.
("El fruto de la nada", traducción Amador Vega).
Por la luz del cielo entendemos la luz que es Dios y que ningún sentido humano puede percibir.
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viernes, 15 de junio de 2007
Santiago Gamboa, "Vida feliz de un joven llamado Esteban"
El problema de escribir siendo estudiante de Literatura es que uno tiende a teorizar de antemano lo que todavía no ha escrito o, en el mejor de los casos, ha escrito mal. Estudiando letras uno es tan consciente de todo que no logra sorprenderse con algo fresco, sin el peso de las ideas aprendidas en los tratados de estética. Yo luché contra eso y no sé si gané, pero sí sé que esa lucha me permitió seguir escribiendo. Me enseñó que todo era posible con disciplina y sobre todo con la fuerza para romper lo que es dudoso, sin contemplaciones, olvidando la arrogancia del que cree saber mucho sobre algo que, sin embargo, no es capaz de crear.Oscar Wilde, "The Decay of Lying"
Art finds her own perfection within, and not outside of, herself. She is not to be judged by any external standard of resemblance. She is a veil, rather than a mirror. She has flowers that no forests know of, birds that no woodland possesses. She makes and unmakes many worlds, and can draw the moon from heaven with a scarlet thread.
(The Decay of Lying)
jueves, 14 de junio de 2007
Baudelaire, "premier voyant, roi des poètes"

..nous arrivons a cette vérité que tout est hiéroglyphique, et nous savons que les symboles ne sont obscures que d’une manière relative, c’est-à-dire selon la pureté, la bonne volonté ou la clairvoyance native des âmes. Or qu’est-ce qu’un poète (je prends le mot dans son acception la plus large), si ce n’est un traducteur, un déchiffreur? «Reflexions sur quelques-uns de mes contemporains, «Victor Hugo » (1861)
miércoles, 13 de junio de 2007
Aragon, "El campesino de París"
Sin embargo, ¿qué era aquella necesidad que me animaba, aquella pendiente que me inclinaba a seguir, aquel rodeo de la distracción que me procuraba el entusiasmo? Ciertos lugares, muchos espectáculos, experimentaba su intensa fuerza en mí, sin descubrir el principio de este encantamiento. Había objetos usuales que, sin duda, participaban para mí del misterio, me sumergían en el misterio. Amaba aquella embriaguez que ya conocía, pero no metódicamente. Lo buscaba en el empirismo con la esperanza a menudo desilusionante de encontrarlo. Lentamente acabé deseando conocer la relación de todos aquellos placeres anónimos. Me parecía realmente que la esencia de aquellos placeres podría ser sólo metafísica, me parecía realmente que en su momento podía implicar una especie de gusto apasionado por la revelación. Un objeto se transfiguraba ante mis ojos, no adquiría ni un cariz alegóprico ni el carácter de símbolo; no manifestaba tanto una idea pues él era aquella idea misma. Así profundamente se prolongaba en la masa del mundo. Tenía vivamente la esperanza de llegar a tocar una cerradura del universo: como si el pestillo fuyera de pronto a resbalar. (...) Se mostraban, pues, ante mí como tiranos transitorios y, de alguna forma, los agentes del azar junto a mi sensibilidad. Al fin, recobré la lucidez cuando sufrí el vértigo de lo moderno. ("El sentimiento de la naturaleza en el Buttes-Chaumont", traducción Victoria Cirlot)viernes, 27 de abril de 2007
El olvido que seremos
Nunca me ha gustado el estilo de Héctor Abad Faciolince. Desde que leí Fragmentos de un amor furtivo prometí que nunca lo volvería a leer. Pasó por mis manos Basura, y ni lo mire, y estoy seguro de que me pasó exactamente lo mismo con muchas otras de sus novelas. Esta semana, por motivos ajenos a mi voluntad, llegó precisamente a mis manos su último libro, que debía reseñar para una revista.Fue un reencuentro grato, sin prejuicios estilísticos o de contenido. Y luego de unas treinta páginas tuve la misma sensación que se tiene al encontrarse con viejos compañeros del colegio, y caer en cuenta de que aún tienen ese algo que no permite una buena comunicación. Sin embargo, tuve esta sensación hasta la página 200; pensaría que, de hecho, entre el capítulo que comienza en dicha página, cuyo numero olvido en este momento, y el anterior, debió haber pasado algún tiempo, quizás dejar respirar el manuscrito, porque los efectos se notan de inmediato: nos embarcamos hacia el relato de cómo y de qué manera fue asesinado su padre. No hay un esfuerzo por una sensibilidad literaria, no hay un regreso a la relación padre-hijo que venía estableciendo: es el recuento de un vulgar y atroz asesinato a una figura pública de admiración. Me quedo con ese Faciolince.
Ahora bien, el ejemplar con el que cuento forma parte de la séptima impresión de Planeta. Desconozco cifras, pero creo qeu ha sido uno de los libros más vendidos en el último año en Colombia. La razón es apenas evidente: es un exorcismo personal que a su vez ayuda a miles de hijos que han perdido a su padre. Es una historia real; es una historia basada en hechos reales. Me pregunto, entonces, si hubiera tenido el mismo éxito si, en vez de haber sido una corta memoria, una apología al padre, una catarsis literaria, un-de nuevo- exorcismo de demonios del pasado, hubiera sido una novela; que Héctor Abad Gómez se hubiera llamado de otra manera; que el hijo que narra tuviera otro nombre; que tuviera elementos suficientes para cruzar la fina línea que divide la ficción de la realidad.
El lector se enfrenta a dos historias reales: la primera es la apología al buen padre; la segunda es una síntesis de la historia colombiana bajo la presencia paramilitar. Se podrían publicar esas 70 páginas por separado, y tendríamos todo el efecto apabullante. El valor literario, claro está, reside en ir más allá de la figura familiar, y hacer del padre un símbolo de la violencia política. Sin embargo, el lector se siente más apegado porque ese defensor de los derechos humanos sí existió; en las doscientas anteriores muchos lectores aprenden a quererlo, pero es en las otras 70 que participa, no a través de un hijo querido sino a través de una identidad colombiana, a una de las muchas muertes políticas del país.
El asesinado en las últimas 70 páginas no es padre de nadie: es un espejo nacional.
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