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lunes, 11 de febrero de 2008

Breton, "Secretos del arte mágico del surrealismo"

Composición surrealista escrita, o primer y último chorro

Ordenad que os traigan recado de escribir, después de haberos situado en un lugar que sea lo más propicio posible a la concentración de vuestro espíritu, al repliegue de vuestro espíritu sobre sí mismo. Entrad en el estado más pasivo, o receptivo, de que seáis capaces. Prescindid de vuestro genio, de vuestro talento, y del genio y el talento de los demás. Decíos hasta empaparos de ello que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Escribid deprisa, sin tema preconcebido, escribid lo suficientemente deprisa para no poder refrenaros, y para no tener la tentación de leer lo escrito. La primera frase se os ocurrirá por sí misma, y que en cada segundo que pasa hay una frase, extraña a nuestro pensamiento consciente, que desea exteriorizarse. Resulta muy difícil pronunciarse con respecto a la frase inmediatamente siguiente; esta frase participa, sin duda, de nuestra actividad consciente y de la otra, al mismo tiempo, si es que reconocemos que el hecho de haber escrito la primera produce un mínimo de percepción. Pero eso, poco ha de importaros; ahí es donde radica, en su mayor parte, el interés del juego surrealista. No cabe la menor duda de que la puntuación siempre se opone a la continuidad absoluta del fluir de que estamos hablando, pese a que parece tan necesaria como la distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Seguid escribiendo cuanto queráis. Confiad en la naturaleza inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza, debido a que habéis cometido una falta, falta que podemos llamar “falta de inatención”, interrumpid sin la menor vacilación la frase demasiado clara. A continuación de la palabra que os parezca de origen sospechoso poned una letra cualquiera, le letra l, por ejemplo siempre la l, y al imponer esta inicial a la palabra siguiente conseguiréis que de nuevo vuelva a imperar la arbitrariedad.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Breton, "La confesión desdeñosa"


Cada noche dejaba abierta de par en par la puerta de la habitación que ocupaba en el hotel, con la esperanza de despertarme un dia al lado de una compañera que yo no hubiese escogido. Sólo después he temido que, a su vez, la calle y esta desconocida me retuvieran. A decir verdad, en esta lucha de cada instante, donde el resultado más corriente es que se petrifique todo lo que hay de más espontáneo y valioso en el mundo, no estoy seguro de que podamos ganar: Apollinaire, muy perspicaz en más de una ocasión, estaba dispuesto a todos los sacrificios del mundo, algunos meses antes de morir; Valéry, que había dado a conocer noblemente su voluntad del silencio, se abandona, hoy en día y autorizando las peores tergiversaciones de su pensamiento y su obra. No pasa semana en la que no nos enteremos de que una inteligencia estimable se haya "formalizado". Parece ser que hay un medio de conducirse con más o menos honor, y basta. No me preocupo todavía por saber qué carreta me llevará (a la guillotina) ni hasta dónde aguantaré. Hasta nueva orden, todo lo que pueda retrasar la clasificación de los seres, de las ideas, y en una palabra, mantener el equívoco, cuenta con mi aprobación. Mi mayor deseo es poder hacer mía, durante el mayor tiempo posible, la admirable frase de Lautréamont: "Desde el impronunciable día de mi nacimiento he profesado por las tablas somníferas un odio irreconciliable".